AÑO 18

NUMERO 61629

Humor

Año: 1

Número: 90

Humor en un texto de Gonzalo Suarez. Página recomendada: Clubcultura.com.

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El otro día estaba en la playa, cuando mi mujer me envió a buscar un helado para que nuestro hijo pequeño dejase de llorar. Me puse los pantalones sobre el calzón de baño todavía húmedo y me calcé las zapatillas con los pies llenos de arena. Sorteé los cuerpos tumbados al sol hasta el confín de la playa y me adentré en una zona pedregosa torciéndome un tobillo. Por fin, llegué renqueante al carrito de los helados y me pues en la cola. Inopinadamente, una voz femenina me pidió fuego. El cigarrillo pendía de la sonrisa displicente y burlona. Busqué el mechero en mis bolsillos sin encontrarlo y me disculpé. Ella se echó a reír.
-¿No me conoces? -preguntó divertida. Su rostro emprendió un vertiginoso viaje, de ida y vuelta, al pasado, abriéndose paso en mi memoria. El recuerdo me golpeó como una bofetada.
-¡Tú! - exclamé estúpidamente, y ella me cogió del brazo sin ambages y me arrastró hasta un coche aparcado con las puertas abiertas.
-Sube- ordenó. Obedecí obnubilado por la sorpresa. Se sentó al volante y conectó el motor, sin darme tiempo a reaccionar.
-Me están esperando -protesté débilmente.
-A mí también -dijo, y el coche arrancó alejándose de la playa.
-Así que te has casado -me espetó irónica y malévola. Asentí.
-Yo también -anunció con desfachatez, mientras rodábamos por la carretera.
-¿Qué es esto? ¿Un rapto? -pregunté, tratando de disimular mi desconcierto.

Respondió afirmativamente.
-Lo siento, tengo que volver -reclamé con firmeza.
Aceleró por toda respuesta.
-¿Dónde vamos? -indagué con exasperación.
-A follar -replicó contundente.
-Siempre me gustó tu sentido del humor -argüí-, pero esta broma es inoportuna...
-Desde luego -convino-. Ahí está la gracia.
El hotel en plena temporada de verano, estaba completo.
-Tengo habitación -me dijo, y pidió la llave en recepción.
-¿Y tu marido? -pregunté torpemente.
-Bañándose en el mar -me informó, mientras subíamos en el ascensor.

Mi confusión era tan grande como el desorden de aquel cuarto de hotel con la cama deshecha, la ventana abierta y la ropa por el suelo. Cerré la ventana y tropecé con una maleta. Nos miramos y nos echamos a reír. En realidad, los dos estábamos intimidados, aunque ella fingiera no perder la iniciativa. Se acercó a mí y pude comprobar que su agitación no denotaba precisamente deseo.
-Me engaña con otra -me confesó con repentino despecho.
-No te servirá de nada acostarte conmigo -advertí.
-¿Todavía te gusto? -inquirió acuciante.
-Sí, pero no así... -dije. Ni aquí, ni ahora... Podemos volver a vernos en otro momento y en otro sitio...
-Ya no es como antes, ¿verdad? -concluyó desolada.
-No -confirmé con brutalidad, y traté de ganar la salida. Me atrapó.
-¿Por qué? -interrogó.
-No lo sé -respondí. Supongo que las cosas no pasan impunemente...
-Te refieres a los años -sugirió.
-Me refiero a las cosas que pasaron entre tú y yo -puntualicé.
-No tengo ningún mal recuerdo -proclamó.
-Eso es lo peor -observé. Fue fácil, superficial y efímero...
-¡Fue magnífico! ¡Sin dolor! -exclamó.
-Imposible de prolongar ni de repetir -reflexioné- y eso es lo doloroso, ¿no?
--Tu mano entre mis piernas, contra un muro -rememoró.
-Mientras la gente pasaba por la otra acera -recordé.
-Mis bragas a la altura del tobillo...
-Tu mirada turbia, como ahora...
-Empújame poco a poco contra la pared -me pidió. Lo hice.

La tibieza de su cuerpo me invadió. Un irresistible efluvio de antaño suplantó el presente. La suave cadencia de sus caderas entre mis manos, el roce fugaz de su vientre agazapado, el rumor de sus labios y la mirada ausente. Una gota de sudor surcó el escote y se deslizó entre los pechos. Un mechón de pelo se descolgó sobre su sien enmascarando los latidos del tonto corazón desplazado fuera del tiempo, donde los sentidos no requieren minutero.

Cuando regresé a la playa, el carrito de los helados ya no estaba. Mi mujer tampoco. Me esperaba en casa preocupada. Le dije que me había encontrado con un amigo de la infancia que súbitamente se encontró mal. Había tenido que acompañarle a su hotel y llamar a un médico. Un simple corte de digestión. Se lo creyó.

Cinco años después, volví a encontrarme con mi amiga casualmente. En un restaurante de las afueras de Madrid. Yo había acudido a una cena de negocios, ella estaba con otro. Me pidió que me sentara un momento con ellos para tomar un café. Sostuvimos una conversación anodina, mientras su pie descalzo me acariciaba la pantorrilla bajo la mesa y su mirada merodeaba distraída sobre el mantel. La situación resultaba insostenible.
- ¿Te acuerdas de aquel bumerán que traje de Borneo y que te enseñé a lanzar en la playa? -le pregunté de sopetón, y mi rodilla golpeó su rodilla a modo de guiño. -Lo tengo en el coche y me gustaría regalártelo.
No se hizo rogar y me acompañó, dejando a su pareja con un venenoso "ahora vengo". Por supuesto, no volvió, ni yo tampoco. Fuera, echamos a andar.
- ¿Dónde está el coche? -preguntó con sorna.
- No traje coche -confesé contrito.
- Entonces, ¡corramos! -propuso, y corrimos resoplantes dos manzanas hasta una boca de metro que nos engulló como Jonás a la ballena. Apoyados contra el trepidante cristal de la puerta metálica, rompimos a reír, disturbando el ensimismado hastío de los viajeros.
- Saca tu bumerán -incitó desafiante. Por fortuna, el tren llegó a la estación y las puertas se abrieron. Salimos expelidos al andén.
- Vamos a mi casa -invitó.- Me he separado.
- Yo no -le informé, mientras la escalera mecánica ascendente nos depositaba ante un anuncio de sostenes debidamente alterado por un dibujante anónimo que había reconvertido los ocultos pezones en dos erectos penes.

Era un dúplex con la cama arriba y el lavabo abajo. No nos dio tiempo a subir. Lo hicimos en el suelo y, luego, yo sentado en la tapa del retrete y ella encima a horcajadas ante el espejo del cuarto de baño, desoyendo las reiteradas llamadas de un teléfono desesperado.
Me fui sin despedirme, mientras dormía. Y, aunque dicen que no hay dos sin tres, nunca la volví a ver.
Años más tarde me enteré de que ella había muerto. Y yo también.
G. S.
 
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