AÑO 18

NUMERO 61629

Novela

Año: 11

Número: 540

LA NOVELA MUNICIPAL. HOY: "EL BESO DE LA MUERTE"

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Yo haré girar esta botella de sidra y al que le apunte el pico le daré un beso de camaradería. Eso dijo la señora alcaldesa mientras se pintaba los labios color rojo sangre. Formando un cìrculo perfecto los caudillos del peronismo local rezaban para que la botella no los mande en cana. 

- Soldado que huye sirve para otra guerra, dijo Carrizo acomodàndose los bigotes. 

- ¿Usted se las toma, Martìn? -quiso saber Vega.

- Si me toca la botella usted hagame cortina, Aldo, se lo voy a agradecer. 

Como si fuera una ruleta rusa, el envase comenzó a girar pasando por los rostros impertérritos de los presentes. La señora, en el medio del círculo iba mirando uno a uno a los líderes peronistas. Unas gotas de sudor frío inundaron la frente del abogado Albarracìn. Elena con su rostro de católico que no se pierde una misa había sido el inventor del sistema para conseguir la unión de los peronchos. "Si no estamos unidos estaremos dominados" había sugerido el médico cuando llegó con un cajón de envases vacíos de sidra La Farruca. "Usted tiene cada idea, Elena" lo amenazó Carrizo justo cuando vio que el pico de la sidra lo señalaba como si fuera una boca haciendo la seña del dos de copas. 

- Que me perdone el general pero esto es mucho para un militante -dijo Carrizo al oído de Vega. 

- No recule, Martín, si usted se borra, la botella girará de nuevo y vaya a saber a quien le toca. -se quejó el doctor Elena. 

- A usted le debería tocar que trajo la idea. 

La señora miraba fìjamente a Carrizo mientras repasaba el rojo de sus labios. Cuando el capo de la lista "Esperanza Federal" miró tímidamente a la alcaldesa, ésta le estaba levantando las cejas invitándolo a cumplir con la prenda. El gestor ciudadano dudó por unos segundos, el silencio era total, todos miraban al elegido. El ex concejal sintió el peso de las miradas, las señas sensuales de Ana María y movió las rodillas como para emprender la retirada. Sin embargo algo lo detuvo. 

- ¡Bésela Carrizo, no sea maricón!

Esa sentencia ronca de tono arrabalero rompió el silencio en el recinto." ¡De donde viene esa voz!," gritó Carrizo como si fuera Juan Moreira a punto de escapar de la milicada. "Entre nosotros hay un traidor" se quejó el nombrado transpirado por la bronca. 

- ¡Besala de una vez, putarraco! 

Carrizo se puso verde. Se tanteò el cinto y sacó un tramontina con el que amenazó a todos los presentes. Después le puso la punta del cuchillo en el cogote a Albarracín y dijo que le cortaría la yugular si no aparecía el que gritaba. 

- ¡Qué esperás travesti, liquidalo de una vez, hacele un bien a la ciudad! -insistió la voz misteriosa. 

Carrizo se rindió. Guardó el cuchillo, se sopló los bigotes y encaró para el lado de la alcaldesa que lo esperaba con los ojos cerrados y haciendo "trompita". El galán y dirigente peronista hizo tres pasos y le aplicó a la señora un chupón de puta madre. "Eso no es un beso, es una ventosa" dijo Elena. 

Cuando el ósculo se hubo consumado, el besador, se dio vuelta y miró a todos como Juan Moreira cuando estaba rodeado por los milicos.  Después se retiró caliente no sin antes hacer una seña irreproducible. Enseguida todos se fueron. La señora en soledad, con ojos soñadores, miró por los ventanales y llamó a Dos Santos. 

"Dos Santos, putarraco viejo, tráigame los zapatos" -dijo la primera dama.
 
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Baruch Spinoza (1632-1677)
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