AÑO 18

NUMERO 61629

Novela

Año: 10

Número: 462

LA NOVELA MUNICIPAL. "ACUPUNTURA"

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"La señora alcaldesa está ocupada, en este momento se encuentra analizando con los "artistas" locales, analizando el significado del proyecto de monumento al bicentenario ideado por la señora Barlasina", eso dijo con gran ceremonia uno de los ayudantes de la Intendenta a los integrantes de la Vecinal Oeste, entre los que se encontraba un tordillo calzado con alpargatas y un mameluco sucio con grasa. "¿Y para esto dejé el taller?"  gritó el tipo, un gordito que gesticulaba con una llave inglesa en la mano derecha. "Estos cosos nos están tomando el pelo, vamos antes que les de vuelta el escritorio de una patada".
-¿Qué dice che? ¡A ver el gordo, venga para acá!  -llamó el municipal al de mameluco- ¡Qué le anda picando, che...!
-¡Qué pasa! -dijo el otro revoleando la llave inglesa.
- Nada, señor. -se achicó el edecán de la señora metiéndose al salón y cerrando la puerta.
La primera dama se encontraba rodeada de artistas, pintores, artesanos, actores de teatro, toda clase de muchachos y señoras sensibles, culturosos. La maqueta del monumento estaba en el centro del escritorio sobre una pila de ordenanzas, un ejemplar de La Biblia y una novela del escritor Leonardi. La señora giraba alrededor de la mesa mirando fijamente la obra achicando los ojos y rascándose la cabeza.
-Sinceramente -dijo de pronto señalando el montaje con un lápiz- este objeto me sugiere muchas cosas, en principio me recuerda una sesión de acupuntura a la que fui sometida hace un año para aliviar los dolores del siático.
-Esa es la idea, gran señora -saltó la autora del monumento- que a todos les inspire una cosa distinta.
- Yo tenía un centro de mesa parecido... -intervino de pronto la secretaria de cultura- era muy original, cuando vivía en el norte, había una madera de algarrobo con agujeritos donde poníamos los palillos para las picadas.
El escribano Cursack que estaba presente tosió. El artista Grasso se sacó de un trón un pelo rebelde de la barba. El negro Blangini mató una cucaracha de un pisotón.  Gomez se sonó la nariz con un cheque y Vega pidió permiso para ir al baño.
- Una pregunta, señora Barlasina, -dijo de pronto la Intendenta mirando a la escultora por encima de los lentes- ¿No podríamos arreglarnos con la mitad de los tarugos de acero inoxidable? Le pregunto, porque sería muy importante para ahorrar material y taparle la boca a los contreras que andan diciendo que gastamos mucho en pavadas...¿vió
-Mire, la cosa está hecha así...
-Tal vez en lugar de hacerlos de metal, reemplazarlos por madera de paraíso pintado con pintura plateada o, mejor todavía, forrado con papel de cigarrillo. Hasta podríamos reciclar el papel y hacer una campaña tipo "chau pucho".... En el corralón tenemos algunos caños de las cloacas que se podrían usar, con el ahorro,  podríamos traer a Teresa Parodi para la fiesta del 8 de setiembre.
Cursack le pegó una trompada al cuadro de Stinson. Grasso revoleó un tintero por la ventana. Gómez se adelantó y le dijo a la señora que no era posible ahorrar porque ya se había asignado desde el gobierno nacional un presupuesto de DOS MILLONES para el monumento y debía utilizarse en su totalidad. La factura debía confeccionarse por esa cifra para rendir el importe a la Nación.
- ¿Pero usted es pelotudo Gomez o se hace? - retrucó la señora al tesorero echando espuma por la boca- Usted sabe que eso se soluciona muy fácil,  la ganadora del concurso nos entrega una factura en blanco y nosotros nos arreglamos, que ella cobre lo que corresponda y lo que sobra queda en caja.
La autora del proyecto se desmayó y el artista Grasso le hacía viento con un ejemplar del presupuesto municipal. La señora, mientras tanto,  con la maqueta del monumento en la mano miraba a los presentes y sacudía el objeto gritando:
-¿Qué, no me digan que hacer esto va a salir dos millones de mangos? ¡No me jodan con este asunto porque se lo tercerizo, se lo doy a Marquez que lo haga y listo...!
Acto seguido, la alcaldesa,  bastante caliente, hizo desalojar el salón. Ni bien se hubo retirado el último visitante, revoleó los zapatos "taco alto" y sacó un sánguche de mortadela del cajón del escritorio, destapó una coca bajas calorías apoyándola en una esquina de la mesa, puso los pies sobre una mesita ratona y estirando la mano hasta la maqueta del monumento al bicentenario eligió uno de los canutos de acero inoxidable, lo sacó con cuidado y procedió a usarlo solemnemente como sorbete para la coca cola.  Masticando el sánguche miró por los ventanales y resolló cansada mientras chupaba satisfecha del "cañito" de dos millones de pesos.
 
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