AÑO 18

NUMERO 617

Novela

Año: 1

Número: 7

Nueva entrega (LA CUARTA) de la Novela. Una uva total

 Nadie imaginaba ni por asomo que era lo que habría de suceder aquella mañana de septiembre en la ciudad de los esperantos. El gran cacique gringo, trajeado al mango, zapatos que encandilaban y perfume selvático, saludó a su primera dama,  y, enseguida,  sonriendo a lo Gardel a las vecinas que barrían la vereda abordó al móvil oficial  estacionado prolijamente por el chofer Martín Corena; el morocho del barrio norte,  gran bastonero de comparsa y peronista renegado . 
-Buenos días señor Corena.
- ¡Salve gran emperador de la pampa!
- ¡Salud conductor! ¡ Arranque usted, Adelante!
-¿Adónde nos dirigimos, excelso señor?
-¡A la Muniblanca ya...!!!
De excelente humor el hombre fuerte de la Colonia y su chofer (el de los bigotes cortados con regla) enfilaron hacia el Norte media cuadra, giraron cuidadosamente a la izquierda y encararon con decisión para el sur, rodearon la Plaza de los esperantos que tronaba desbordante de pájaros y flores para recalar, lentamente y sin novedad, frente al inmaculado edificio de la Municipalidad.
La actividad en el edificio que hacía las veces de bunker municipal era febril. Los empleados iban y venían con frenética celeridad entre los escritorios haciendo gala de una concentración  absoluta. Las luces interiores imitando al sol hacían prácticamente imposible determinar la hora. ¿Qué hora sería, las siete, acaso las ocho...? A nadie parecía importar ese detalle, ni siquiera al Jefe absoluto de la ciudad, que entró como una tromba y se recluyó en su oficina.
Debemos decir que aún pasadas varias y afiebradas horas, la pesada puerta de cedro del bunker, permanecía cerrada y solo se entornaba  para dar paso al Secretario, mano derecha y “adlater” del gran capo,  quién entraba y salía impecablemente peinado para acercar al mandamás alguna botella de agua mineral o una cantidad importante de vistosos triples de jamón, queso y tomate. ¿Pero, qué era lo que entretenía con tan porfiada vehemencia a los burócratas de la pequeña ciudad del río amargo?   Los mozos de los bares cercanos, que atendían con democrática educación a los empleados, no salían de su asombro e interrogaban discretamente a uno que otro conocido, mientras iban dejando en los escritorios los humeantes cafés,  espumosos cortados y tentadores mixtos de miga. “¿Qué es lo que sucede, si se puede saber?” -preguntó el viejo mozo del bar de la esquina haciendo uso -decía- del derecho adquirido en tantos años de ir y venir atendiendo a varias generaciones de municipales-  “Atiendo a estas oficinas desde antes que se fundara la ciudad” -se jactaba el anciano aplicando a continuación una ronca carcajada-.
Pero nada pasaba. Eran solo los preparativos para la gran fiesta anual que se ofrecía en la plaza principal en el mes de septiembre y hoy, justamente hoy, era el día elegido para seleccionar los números artísticos que se presentarían a la multitud en el gran escenario. Entre tanta gente que entraba y salía siempre sucedía algo curioso y hasta  reconfortante, como cuando aparecieron en el pasillo camino a la oficina del Jefe, la señora Hilda y sus hijos, saludando cortésmente a todos para perderse de inmediato tras la puerta principal con sus estuches conteniendo violines, chelos y bajos. Pasados unos minutos se escucharon los inquietantes compases de la “Primavera”  de Vivaldi, música celestial que llegaba como un bálsamo desde el bunker inundando con exquisita sobriedad aquél afiebrado ambiente administrativo que,  por un momento, pareció aplicar los frenos para escuchar.
La música obró como un sedante y los nerviosos movimientos se aquietaron un poco. Hasta se puede decir que era común escuchar a uno que otro empleado tarareando una melodía al compás del teclado de su computadora o mientras luchaba por descifrar intrincados cócteles de números, letras microscópicas o gráficos zigzagueantes. Señoras y señores, sepan ustedes que a esta altura de los acontecimientos todos los presentes parecían haber perdido la noción de la hora. (Continuará)

 
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Joseph Ernest Renan (1823-1892)
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