AÑO 13

NUMERO 614

El Fogn Braeria
Actualidad

Año: 13

Número: 613

DESCENSO Y RESCATE EN EL BARRIO "LA ORILLA"

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El grupo oficial venía a paso redoblado por la calle Simón de Iriondo. La alcaldesa adelante y una tropa cerrada compuesta por candidatos, miembros del gabinete, asesores varios y (claro) Gómez delfín y secretario de gobierno del municipio de la primera colonia, cerrando la marcha.
-Cuánto falta –preguntó la señora.
-Ya llegamos –dijo Víctor Elena, doctor y candidato, que había sido de la idea de dejar el auto a una cuadra y llegar a pie.
El barrio “La orilla” carece de todo, lo que le arrimás agarra, mientras no haya que gastar mucho dale que va –dijo Gómez mientras caminaba.
-Ahí es –dijo Víctor Elena señalando una vivienda humilde.
-Nos estarán esperando, me imagino… –preguntó desconfiada la Intendenta.
- Creo que sí –dijo el candidato a primer concejal.
El grupo se frenó en la esquina al ver que la casa tenía las ventanas y la puerta herméticamente cerradas. Kinen, el otro candidato a edil de la ciudad, hizo como que estaba buscando algo en el pasto, Gómez se arrimó al cordón y miró hacia el sur como esperando un taxi.
-¿Es esa de persianas verdes? –quiso saber la señora.
-Creo que sí –dijo Elena un poco inseguro que antes.
-Bueno, toque la puerta, no tenemos todo el día –dijo de prepo la Intendenta.
-No sé por qué me da la impresión que vinimos al pedo –reflexionó Miliki Fernandez, asesor part time, poniéndose la mano en la boca para disimular.
Elena, se acercó a la casa, resolló y miró de reojo a la candidata a tercer concejal.  Le hizo seña con la cabeza para que ejecute la orden de la primera dama. La otra hizo un gesto de “¿quién yo?” tocándose el pecho, pero se adelantó de todos modos encogiendo los hombros y golpeó suavemente la puerta.
-¡Más fuerte che, con ese golpecito no hacemos nada! –gritó fastidiada la alcaldesa.
La chica entonces buscó un lugar de la puerta que estuviera un poco firme y golpeó con fuerza. La puerta se estremeció y se abrió un poco dejando ver una habitación precaria, una silla con una frazada y una botella de vino por la mitad. Los integrantes de la comitiva con Intendenta y todo se fueron para atrás temerosos de que apareciera alguien. Gómez volvió a hacer el gesto de esperar un taxi levantando la mano para disimular.
-¡Eh, hola, hay alguien adentro! –llamó Elena tímidamente asomándose por el agujero.
Se escucharon unos chirridos como del elástico de una cama y algo parecido a un eructo que venía desde la oscuridad. Los visitantes oyeron y volvieron a recular.
-Cuidado –dijo Elena.
El grupo se desparramó y se puso en posición de raje,  en honor a la verdad digamos que varios ya miraban desde lejos. Gómez y Fernandez relojeaban desde el baldío de enfrente haciendo como que hablaban mientras señalaban los yuyales.
El concejal Víctor Elena había quedado totalmente solo frente a la puerta entreabierta. La Intendenta estaba pegada a la pared como aguardando que alguien saliera de la casa con una escopeta. De pronto la puerta chirrió y un morocho corpulento, en musculosa, asomó la cabeza enrulada.
-¿Qué hora es? –preguntó a los presentes con voz aguardentosa.
- No sé –dijo Elena mirando para todos lados- las nueve y media, tal vez…
-¿Las nueve y media de la mañana? ¿Usted golpeó? –dijo el tipo mirando fijamente al concejal médico.
-Bueno, sí, no, que se yo, la puerta se abrió sola. –dijo Elena.
-¿Es testigo de Jehová, qué vende, qué quiere a esta hora? –el morocho manoteó la cobija que colgaba de una silla y se envolvió.
-¿Qué les duele? –dijo el sujeto.
-Nada, o sea, mire, acá está la Intendenta. –Elena señaló a la señora que ya estaba cerca de la esquina como queriendo desaparecer.
-¿La Intendenta, qué quiere la Intendenta?
-Mire, disculpe, venimos porque el Municipio ha decidido construir veredas comunitarias con la ayuda de los vecinos del barrio –Un fotógrafo se acercó y sacó una foto-, la municipalidad pone los materiales y ustedes la mano de obra, de ese modo, todos juntos mejoramos el barrio y la ciudad.
-¿Y yo que tengo que ver? –dijo el fulano. Ya todos se habían arrimado y el fotógrafo no paraba de sacar fotos.
-Presentar una nota, esperar a los técnicos del Municipio, recibir los vales para los materiales, buscarlos y ponerse a hacer la vereda comunitaria. –dijo la señora.
El morocho se acurrucó un poco más en la cobija y le dio un escalofrío, miró para adentro, después miró a los funcionarios presentes, pensó un segundo, se rascó con vehemencia el culo, dio un paso atrás y cerró la puerta.
-¿Está seguro que era acá? –preguntó la Intendenta pintada mirando fijamente a Elena.
-¿Las fotos van? –dijo de pronto el fotógrafo.
-¿Van o no van? –dijo Elena.
- Que no aparezca el boludo este con la cobija. – eso dijo la alcaldesa sacando pecho mientras le chiflaba al chofer para que la busque.
 
 
 

 
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