AÑO 18

NUMERO 617

Actualidad

Año: 13

Número: 603

NUEVO CAPITULO DEL NOVELÓN MUNICIPAL QUE NOS TIENE A LOS SALTOS A TODOS. 

HOY: "¿Señora, el sable de San Martín era torcido?"

 


La señora salió de su despacho con los ruleros puestos. A continuación salió el secretario de gobierno Gómez quién sonrió a la secretaria e hija de la alcaldesa desde la puerta. Luego hizo unos pasos, sonrió de nuevo y se perdió escaleras abajo.

“¿Qué le pasa a éste, mami?” –dijo la secretaria.

“Quiere ser Intendente” –dijo la Intendenta.

“Ah, qué loco. ¿Dónde es la fiesta mami?” –preguntó la chica.

“¿Por qué?”

“Digo, como te pusiste los caños”

La señora tenía, además de los ruleros, un pañuelo con los colores de la bandera que los cubría. Vestía pantalones negros y una remera blanca brillante con la leyenda

“Cloacas para todos” en el frente.

“Hoy es 17 de agosto, nena, tengo acto con discurso y todo. ¿Lo tenés?”

“¿Que si tengo qué cosa?

“El discurso” –dijo la señora acomodándose la construcción que llevaba sobre la testa.

“San Martín era un hombre bueno –leyó la chica- tenía un caballo corvo y un sable blanco, fue el libertador de Argentina, Chile y Perú…”

“Lindo, sencillo, me gusta –dijo la Intendenta- ¿quién lo hizo?

“Alexis Bruno Bonette” –dijo la secretaria y a la vez hija de la primera dama.

“Como sabe ese muchacho –dijo la señora- no es como esos ingnorantes que dicen que si uno mira el monumento desde atrás parece que Padre de la Patria nos estuviera orinando”

“¿A nosotros?” –quiso saber la secretaria.

“A nosotros ¿qué?

“¿Nos está meando San Martin…?”

“¡Pero no, che, son cosas que se dicen!... Que nadie me moleste hasta la hora del acto, tengo que estudiar el discurso” –dijo la alcaldesa disponiéndose a ingresar a su despacho.  

“Si mamá” –dijo la secretaria.

Cuando la señora se dio vuelta pudo verse que llevaba impresa en la remera, la imagen del monumento de la plaza San Martín.
La puerta se cerró y la secretaria corrió hasta la ventana. Se quedó un rato en silencio mirando hacia la plaza. Después volvió a su escritorio. “Qué asco”, dijo. 
 

 
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Jaime Balmes (1810-1848)
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