AÑO 18

NUMERO 617

Novela

Año: 12

Número: 552

LA NOVELA MUNICIPAL. HOY: "EL RELATO QUE DEBEMOS CONSTRUIR"

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- Señores, debemos construir el “relato”

Eso dijo la señora mirando fijamente a cada uno de los miembros del gabinete. El Licenciado Caussi pidió un vaso de agua. “Para mojarme la lengua”, dijo.  Por su parte Blangini tomó aire y le dijo al oído a Gómez que era capaz de hablar cinco minutos sin respirar. 

- El “relato” lo va a trasmitir al pueblo el relator Alexis Bruno Bonete aquí presente.  – siguió la doña con énfasis para que el nombrado se adelante.

El petiso se adelantó y juntó los tacos.  Tenía una remera a rayas horizontales blancas y verdes con una inscripción en letras negras que decía:  “Cómo será la laguna que el chancho la cruza al trote”.

- ¿Y cual sería el relato que el señor Bonete tendría que transmitir? –preguntó levantando la mano Miliki Fernandez.

- El señor Bonete está para informar al pueblo sobre las cosas que hace bien la Intendenta.doña María de los Angeles del Cocco  –dijo Dos Santos con recia voz en posición de firmes detrás de la alcaldesa.

- ¿Y qué hará el señor Bonete, si se puede saber, cuando la Intendenta haga las cosas mal, Dios no lo permita? – dijo tímidamente el tenedor de libros Gómez mientras hacía un globo con un chicle “Bazooka” y se presignaba. .  

-  Cuando la Intendenta haga las cosas mal, el señor Alexis Bruno, pedirá disculpas. – retrucó el petiso Dos Santos fotógrafo y vocero del reino.                           

- ¿Con esa cara? – preguntó la señora Robledo.

-  ¿Cómo dice señora?  - La atropelló Ana María bastante caliente.

- Digo que la cara del señor Bonete no es una cara como “para pedir disculpas”. 

- ¡Y cómo sería una cara para pedir disculpas! –se enojó el “relator” Alexis Bruno.  

- En realidad no lo sé, pero estoy segura que no es una cara como la suya señor.

La Intendenta bufó un poco y puso un zapato sobre el escritorio, entonces todos hicieron silencio. Enseguida tomó el zapato con la mano derecha y dijo a los presentes que no le importaba si la cara del relator era para pedir disculpas o para chupar naranjas y que si seguían jodiendo los iba a echar a todos a la mierda.

- ¿Al relator también? – preguntó la señora Schnel, bostezando,  un poco a desgano y como para decir algo. 

- ¡Si al relator también qué...!!! – se enojó la alcaldesa.   

- ¿Si al relator también lo va a echar a la mierda?

No alcanzó la señora Schnell a terminar su pregunta porque Ana María le lanzó el zapato con singular fuerza y decisión. La ministra de acción social se despertó de golpe y se agachó a tiempo. El timbo número 39, negro y blanco, con plataforma, rebotó contra un armario y se detuvo a unos metros de su objetivo, Schnell aprovechó para salir corriendo del salón un segundo antes de que la Intendenta le arroje el zapato izquierdo. El sueco pegó contra la puerta. Ana María respiró hondo y se desplomó en la silla. “Estoy cansada”, dijo. “Váyanse´”, agregó.

- Señora, con todo respeto –preguntó tímidamente Dos Santos- quiero recordarle que la reunión de hoy era para repartir a todos los secretarios y miembros del gabinete un resumen del “relato” oficial,  detalle que a usted se le ha pasado por alto.

La señora tomó un sorbo de agua de un vaso que estaba sobre la mesa. Se sacó la prótesis de los dos dientes de adelante y largó dos chorritos de líquido en dirección de su asistente.  ¿Usted me entiende, verdad? Dijo. Discreción


En el salón de los grandes tejemanejes la discordia reinaba. El Secretario de Hacienda Gómez Alfonso estaba enardecido y parecía querer batirse en un duelo a cuchillo con el negro Blangini, jerarca de Obras y Servicios Públicos.  Las razones de fondo parecían ser las dificultades del plan de accesibilidad. El arquitecto morocho sacudía al Tenedor de Libros con duras acusaciones sobre los cálculos de las liquidaciones y el otro le echaba en cara cualquier cosa que le venía a la boca. Era la hora del vermú y tanto Gómez como su contrincante se habían mandado unos cuantos aperitivos en caliente y sin soda porque el sodero, profesor y candidato mister “K”
había faltado a la reunión.

Por fortuna y en lo peor del conflicto la armonía se restableció inesperadamente cuando Oreste, haciendo gala de una ecuanimidad que le valdría después muchas alabanzas, declaró no haber tenido ni el más lejano propósito de querer ofender a su amigo Alfonso Gómez, por el cual sentía una devoción fraternal, absolutamente indestructible. Por su parte, Gómez, no esperó a que Blangini terminara su disculpa, sino que se dirigió a él con la mano tendida y el abrazo que, uno y otro se dieron en el mismo riñón del Salón Blanco Municipal,  hubiese enternecido a una piedra.

Se mezclaron sus alientos (literalmente embriagadores) y de pronto Blangini rompió a llorar como una Magdalena, acusándose de ser un borracho innoble que acababa de insultar al mejor de sus amigos.  Gómez, el tenedor de libros, llorando a lágrima viva, juró y perjuró que Oreste no estaba borracho, sino más fresco que una rosa y que, solo él, Alfonso Gómez merecía el deshonor de haber ofendido, por ebriedad, a un hombre de genio y un gran profesional que se pelaba el culo noche y día estudiando las diagonales y transversales que abaraten el pavimento y el ripio de sus vecinos.

Insistió Blangini en acusarse y volvió a responderle Gómez, y como ninguno cediera en aquel generoso desafío, se trenzaron de nuevo y se fueron a las manos.  Hicieron unas fintas uno en guardia y el otro también. Giraron, se estudiaron y, al rato, ambos boxeadores sacaron la derecha al mismo tiempo impactando al unísono en sendos mentones. Cayeron los dos púgiles a la lona, un poco por las piñas pero más por el vermú. La alcaldesa, allí presente, dejó por un momento el “ring side” y, zapateando sin éxito para ver si los despertaba, contó hasta ocho y les tiró la toalla.

 
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