AÑO 18

NUMERO 617

Humor

Año: 11

Número: 524

LA NOVELA. HOY: LA ALCALDESA EN EL BALCÓN.

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Era domingo a la tarde. El fotógrafo Dos Santos todo vestido de negro sacaba fotos frente al municipio donde una parejita de chicos bailaba un tango. Los parientes miraban. Los músicos de la banda municipal, sentados, aburridos, soplando los instrumentos (po,po, po, jodía el del trombón), esperando la orden de arrancar. Un locutor rompía el silencio, sorteo de boludeces donadas por los negocios de la citi, medio kilo de ravioles, un turno de pilates, un baño de crema. Tres o cuatro funcionarios sentados en los escalones hacían número. Un poco más allá, el pozo de Blangini se estiraba tenebroso en la esquina de Sarmiento y Castellanos. Ahora unas chicas de una academia de no se sabe qué, bailaban estilo "Bailando por un sueño" o "Bailando por un sánguche", da igual.

- ¡Cuidado nene, vení para acá, que te vas a caer en el pozo de Blangini! -gritó una madre loca porque el pibe se balanceaba en el borde de la hondonada.

- Oiga señora - apuntó un viejo con una calva notable vestido con pantalones cortos y alpargatas- dejeló que si se lastima paga el seguro...

- ¿Y quién le dijo a usted que paga el seguro? -preguntó rabiosa la vieja que ahora tenía de la oreja al chiquilín.

- Soy abogado. -retrucó el pelado.

- No me diga.

- Soy Bergallo - agregó Bergallo.

La mujer hizo un gesto como queriendo decir "¿Bergallo? ¡Y quién carajo es Bergallo!¿Será bataraz o gallo enano?" pero después dejó al purrete que haga lo que quiera. "Andá, jugá en el  pozo de Blangini, pero si te rompés la cabeza, avisame...".

Una trompeta sonó en medio del embole. En uno de los balcones apareció la reina de las reinas mirando con cierto desdén de arriba para abajo como si los presentes en el esperpento fuesemos un grupo de cucarachas. El primero que advirtió la presencia de la alcaldesa fue Dos Santos que enseguida empezó a hacerle señas para que se percate que se le estaba viendo no se qué desde abajo. La otra, con cara de sobradora (o de sueño tal vez) movió la mano derecha dando a entender que no quería que la jodan. "Sigan, sigan con lo que están haciendo, dejense de joder..." La gran señora estaba vestida como para un casamiento con un vestido violeta y una rosca de puntillas en el cogote, la boca pintada igual que los cachetes y el flequillo cortado con una regla.

- ¡Mirá mamá se le ven las bombachas a la gorda que está allá arriba! -dijo uno de los chicos que corrían por la vereda.

La madre del pequeño, primero miró, y luego trató de taparle la boca al "sabandija indiscreto que te reparió", que no paraba de gritar. Otros chicos se arrimaron y todos señalaban el objetivo. Para colmo, la Intendenta se había encajado unas "Pantaletas" del mismo color que el vestido que, gracias a Dios, evitaban cualquier desmadre. Para los chicos, sin embargo, eran las bombachas y no podían parar de reírse y tirar cascotes de tierra que sacaban del pozo de Blangini.

- Che, paren a esos guachos maleducados -dijo Bergallo sacándose la alpargata- le están faltando el respeto a la investidura de la señora Intendenta.

Desde arriba la "Señora Intendenta", seguro en defensa de su investidura, arrojó una tira de pan duro que quedara del último "ágape" llevado a cabo en el salón blanco con la cámara de la madera. El proyectil, adquirido en la panadería La Alianza, rebotó contra el precario escenario y fue a parar a unos metros del locutor.

- ¡Número ciento ochenta y siete, uno-ocho-siete, uno-ocho-siete, un obsequio de Panadería La Alianza! - Gritó el tipo, levantando la trincha, mientras le cerraba el ojo a Ana María. La Intendenta no se avivó porque en ese momento le estaba arrojando un zapato a los pibes que seguían gritando como locos.

"¡Bombacha veloz, bombacha veloz!¡Jua, jua, jua...!" - vociferaban los sinvergüenzas

- Basta che. Un poco de respeto, carajo. - Se enojó Bergallo que se sacó la otra alpargata.

- ¡Guachos de mierda y la puta que los reparió! -gritó la Intendenta con medio cuerpo fuera de la baranda.

La cosa se ponía espesa y Dos Santos ordenó a la banda que arranque a full para tapar los gritos de abajo y los insultos de arriba. El director se animó con una marcha y todos los presentes desviaron la atención hacia los músicos, olvidando el bochinche que hacían los pibes y la señora. "¡Tachín, tachín, tachín, tachín!" atronaron los tambores, "¡Feferebe, feferebe!", entraron los vientos. "PUm, pum, pum, pum!" a todo lo que da el fulano del bombo. Y fue entonces, cuando nadie lo esperaba, siguiendo el ritmo de la marcha, los pibes, sinvergüenzas, irrespetuosos, maleducados, el coro de cien ángeles de la Silvina Portal, se metieron en el baile, gritando más que cantando, "Bombacha veloz, bombacha veloz..jua, jua, jua..."

Desde arriba cayó el último zapato. Acto seguido la comitiva, con la Intendenta a la cabeza abandonó el balcón. Dos Santos ingresó al palacio llevando un par de zapatos taco alto, blancos con una flor violeta, puntudos, que pertenecían al poder ejecutivo. Los pibes siguieron riendo como locos. El pozo de Blangini seguía ahí, tenebroso, patético, quieto testigo de nuestro presente y nuestro futuro.

 
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José Bergamín (1895-1983)
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