AÑO 18

NUMERO 617

Humor

Año: 11

Número: 518

LA NOVELA MUNICIPAL: ¿QUIEN SE ENCUENTRA A CARGO DE MUNICIPIO AHORA QUE LA INTENDENTA ESTÁ EN "RECESO"?

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Más de uno de los paseantes que "hacen tiempo" en la Plaza San Martín aseguraron ver a un perro asomado al balcón del Palacio Municipal.

-Era un perro -dijo un jubilado mientras se sacaba la gorra para rascarse la cabeza-, no hay duda, a menos que hayan incorporado a otro asesor con cara de perro.

- ¿Por qué a otro, acaso ya existe uno con esas características? -el que preguntaba era un morocho al que le faltaban todos los dientes.

- Y, mire, está el comandante Fernandez. Los empleados le dicen "boby", acá a todos le ponen un sobrenombre, son las reglas del juego.

- ¿Y no habrá sido Fernandez el que apareció por el balcón?

- No, de entrada yo también lo pensé, pero este era un perro.

- A lo mejor, como están de receso, dejaron un perro para que cuide...

- No se, pero acá somos varios testigos los que vimos al perro asomarse por la baranda.

Mientras tanto, el petiso Dos Santos vestido completamente de negro, saco, corbata y polainas, iba subiendo las escaleras en dirección al despacho de la Intendenta. Traspirado como testigo falso, llevaba en la mano derecha un recipiente herméticamente cerrado y cada tanto, descansaba del esfuerzo que le significaba trepar los escalones mandándose un trago de "campary" con soda mezcla que llevaba en un termo colgado al cogote. "Estoy gordo, pensó, tanteándose la panza con la mano izquierda, tengo que dejar de tomar vino y de comer pan". El morocho llegó penosamente al primer piso y se apoyó, con la lengua afuera, en el escritorio de una fulana que estaba concentrada pintándose las uñas de los pies.

- ¡Ay, Dos Santos, me asustó, usted, así vestido, parece "poncho negro"! -dijo la chica.

- Ufa, che,  no doy más, abrame la puerta...

- ¿Que quiere ahora, Dos Santos? ¿No ve que estoy ocupada? -dijo la otra sacudiendo una pata para que se le seque la pintura.

- Le traigo la comida al perro.

En el despacho de la señora Intendenta, efectivamente, pernoctaba un galgo, bastante flaco y con cara de sueño, cuya única diversión era asomarse, cada tanto, al balcón para tomar aire y observar nostálgicamente como otros perros retozaban, vagueaban y meaban por los canteros de la plaza. "¡Ah, que linda vida llevaba (pensaba el perro) recuerdo cuando me acostaba al lado del altar mientras el cura daba la misa vespertina!". La cosa es que al petiso Dos Santos, por sorteo, le había sido asignada la tarea de atender las necesidades del can durante la segunda quincena de enero. "Eso incluye todo, señor Dos Santos -le había dicho la alcaldesa-, y todo es "todo", me entiende. No vaya a ser cosa que cuando vuelva me encuentre con el despacho lleno de soretes de perro".

Cuando "poncho negro" entró al despacho, el perro estaba hecho un ovillo sobre el sillón de la señora. La llegada del petiso no le fue indiferente, el pichicho  levantó una oreja y largó un ladrido cansado mientras miraba con un solo ojo al visitante. Dos Santos destapó el "tapper" y un aroma a milanesas invadió el recinto. "¿Milanesas? ¿Milanesas para este galgo mugriento? ¡Estamos todos locos!", pensó Dos Santos mientras se secaba la comisura de los labios con una copia del presupuesto.

La hora debe haber conspirado contra el funcionario. Era casi mediodía y las tripas de Dos Santos tocaban el himno a los primeros pobladores de la colonia. Además, las milanesas con "Campary" eran un menú irresistible para el petiso. El tipo se sentó en el sillón de la reina, previo patadón al perro para que desaparezca, se puso una hoja del proyecto de cierre de la plaza como babero, se apropió de una milanesa y abrió de par en par las mandíbulas dispuesto a hincarle el diente. Fue en ese preciso momento que, con el estruendo propio de un allanamiento, irrumpió en el salón, pateando la puerta, el comisario Fernandez, con cara de guerra y a los gritos, encarando al petiso (que se encontraba con la boca abierta a punto de almorzarse una milanesa) para que "suspenda de inmediato todo lo que estaba haciendo".

- ¡Alto! -ordenó el comandante.

- ¿Que pasa? -preguntó Dos Santos, bajando la milanesa y cerrando la boca.

- ¡Cómo qué pasa! ¡Señor, usted ha sido sorprendido "in fraganti" en falta grave!. ¡Deposite el objeto en su sitio y retírese del escritorio! -Acto seguido Fernandez se adelantó con una talquera y le echó talco a la milanesa en cuestión-

- ¿Qué hace Fernandez, está loco?

- Las huellas digitales no mienten, señor Dos Santos.

- ¿No mienten de qué...? Acaba de arruinar una milanesa. ¿Cómo puede ser tan pelotudo?.

- Usted le estaba comiendo la comida al perro y será sancionado.

El comandante llamó por teléfono a "identificaciones" de la Unidad Regional para que de inmediato se presenten a tomar huellas, insistiendo con que vengan preparados para actuar sobre una milanesa. Se ve que los milicos del otro lado se burlaron del comisario porque éste tuvo que reiterar el pedido gritando como un descosido.

- Vergüenza debería darle, comerle la comida a un perro. -dijo Fernandez y el galgo ladró.

El comandante retirado se acomodó para proceder a sumariar al petiso, metió un papel en una "Remington" que había dejado el Intendente Barraguirre y empezó a escribir con dos dedos. Cuando el milico levantó la vista habían llegaron los "técnicos" de la unidad regional, el escuadrón "Albatros" y el cocinero de la taquería. Dos Santos, en un rincón del salón,  tenía la bragueta llena de talco y el perro se había comido todas las milanesas.

- ¡Que lo reparió! -dijo Fernandez fuera de sí- Es al pedo no puedo distraerme un solo momento,  el perro se comió las pruebas! ¡Usted, Dos Santos, que hacía, por qué tiene todo sucio de talco ahí...! ¿No se habrá andado tocando...?

- ¿De donde le vendrá el vicio a estos perros de olfatear siempre en el mismo lugar, carajo?  -Dijo el petiso mientras trataba de limpiarse la bragueta.

 
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