AÑO 18

NUMERO 617

Espectáculos

Año: 10

Número: 465

ELENA ROGER EN BROADWAY: "EVITA" LA CONSAGRACIÓN.

El show debe continuar, y así Evita vuelve a Broadway, después de casi 30 años. Con una argentina, Elena Roger, como Eva Perón por primera vez en la historia pisando un escenario en los Estados Unidos. Roger difícilmente pueda olvidar la noche del 5 de abril. Si hay alguien que anoche se despidió triunfante del Marquis Theatre, en la mismísima capital del espectáculo mundial, es ella. Y merecido lo tiene.
Ideológicamente, para el espectador argentino se está a favor o en contra del punto de vista de los autores de Evita . No hay medias tintas. Se piensa que Evita fue una arribista, o una mujer que tuvo como único propósito ayudar a los humildes, o -mejor- no se toma partido, se olvida de todo y disfruta del musical.
Evita no se propone ser una lección de historia, los responsables tomaron los personajes de carne y hueso y los recrearon en función de un andamiaje teatral de trazo grueso -eso sí: bien grueso-. Si la historia la escriben los que ganan, aquí es todo lo contrario, y la construcción del relato, se sabe, deja ofendidos a muchos.
A los espectadores que no saben nada de la Argentina -la mayoría que se sienta aquí, en el Marquis Theatre-, no.
“No decía mucho, pero lo decía fuerte,”canta de entrada Ricky Martin como Che. No es el Che Guevara, sino una suerte de coro griego que va guiando el relato y marcando -con cinismo, casi con desdén- la asunción y caída de la defensora de los humildes. No es el Che Guevara, sino la voz cantante del pueblo (¿antiperonista?, canta que “Perón es un tonto”). Pero queda mal parado: después de todo, ¿no es él quien le roba la cigarrera de plata al General...? Evita en la obra es ambiciosa, para nada ingenua ni naive , ni cuando quiere dejar su pueblito. La Eva Duarte rea que llega a Buenos Aires de la mano (del brazo) de Agustín Magaldi que quiere devorarse la ciudad no es la misma que luego será Evita Perón. Los estados de ánimo de la protagonista están tremendamente bien marcados en la actuación de Elena Roger. Ese cambio progresivo va enriquecendo la interpretación de Roger, y retroalimentando al personaje. Una es Eva y otra es Evita. Y una cosa es el primer acto, y otra muy distinta, el segundo.
Eva y Perón se conocen y se aman de inmediato. Los une el calor de la pasión y del poder. Son inseparables, se funden en un solo mito y se necesitan mutuamente, más que para (sobre)vivir, para existir.
En eso, la obra es inflexible y se mantiene inoxidable pese al paso del tiempo.
La puesta de Michael Grandage ( Guys and Dolls , Calígula ) tiene muchos aciertos en sus resoluciones formales. Así como Eva va pasando de hombre a hombre, de un joven común a un militar y a un aristócrata, está bien plasmada la disputa militar interna, con los oficiales bailando y peleando en duelos individuales, hasta que Perón saca su pañuelo blanco en señal de rendición, y luego ataca con un golpe bajo. Es odioso, sí, pero efectivo.
Pero también choca que al comienzo, en On This Night of a Thousand Stars un gaucho baile el tango, y ¿dónde se vio a un militar argentino con barba y bigote? En casi todas las obras de Andrew Lloyd Webber, como en El Fantasma de la Opera , o en Cats , el número musical que abre luego del intervalo tiene un magnetismo como para ganarse al espectador, para sacarse el sombrero. Tras el breve On the Balcony of the Casa Rosada , en Don’t Cry for Me Argentina se ve todo el poder y la sensualidad de la que Roger es capaz de sentir y hacer sentir. Cuando desciende las escaleras, vestida de largo, brillante, y llega al balcón, éste se adelanta y acerca hacia los descamisados -y el público en la platea-. La intensidad es mortífera. Elena pronuncia Aryentina, y está bien. Pone la misma garra, el mismo ímpetu e idéntica fiereza que cuando menciona en perfecto porteño la calle Corrrrrrientes y 9 de julio. Es una amazona argentina en Nueva York.
Con todo, hay una sutil diferencia en la interpetación por parte de Roger y Ricky Martin, y de Michael Cerveris (Perón) y Rachel Potter (la amante de Perón, admirable en Another Suitcase in Another Hall , cuando Eva la echa del cuarto de su amado). Roger y Martin interpretan, actúan las canciones, mientras Cerveris y Potter parecen cantarlas. Será por las distintas escuelas de las que provienen, o la raíz latina, pero la diferencia en el registro llama la atención.
Una obra sobrevive -bien- al paso del tiempo si su estructura musical es buena, y tiene composiciones con entidad propia. Y de hecho, Evita tiene unas cuantas.
A New Argentina es una de ellas. Y la resolución en la puesta en escena de las elecciones que dejan en el poder a Perón -según la obra, con artilugios y fraude- y cómo las mujeres ven cómo los hombres sí pueden votar, y ellas no, es loable. Y High Flying, Adored , And The Money Kept Rolling In , y tantas más. En You Must Love Me (ver Los cambios...
), Elena canta a Perón tendida en el piso, logrando uno de los momentos más emotivos de la velada, y en el renunciamiento de Eva, que arranca entonando sentada en una silla de ruedas... Roger, encerrada en su menudo cuerpo, es enorme en escena y se devora la obra sin ponerse la servilleta al cuello.
La escenografía es otra protagonista de la obra, con la monumentalidad que requiere escena tras escena. Enormes construcciones, balcones y escaleras, sin grandes desplazamientos, pero bien funcional al musical.
Bien sabemos que “cada palabra (no) es verdad”, parafraseando la letra de No llores...
, por las falsedades históricas. Pero en boca de Elena Roger, vaya que parece que sí. Convence en cada escena. No hay duda de que el paso por Broadway le dejará más ovaciones y enseñanzas, en un rol que le pide una entrega diferente a la de Piaf , que era más contundente desde lo físico. Roger tiene todo su derecho a sentirse una afortunada por llegar hasta donde llegó, pero no se mantiene tan alto sin esfuerzo y talento. Hoy brilla con luz propia a la par de cualquier estrella de las consagradas en Broadway. No es poco. Y esto recién empieza.

 
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